La gélida mañana anunciaba un día perfecto para permanecer al resguardo y calor de nuestros hogares. Sin embargo, no fuimos los únicos en despertar al alba para tomar un rápido desayuno y partir hacia el que sería el primer Torneo de Profight Femenino de la Argentina.

La Estación de Villa Adelina se había vestido de lino, cuero y acero para la ocasión. El pasto verde no tardó en verse cubierto por armaduras, que invitaban a los desconcertados transeúntes a sumergirse en un viaje en el tiempo rumbo a la lejana Edad Media. Los artesanos desplegaban sus joyas, exóticas comidas y accesorios de otra época, atrayendo numerosas miradas, que prestas acudían a los puestos a preguntar de qué se trataba aquello que jamás habían tenido la gracia de divisar por esos parajes.

Pero este acontecimiento no sólo era una vivencia inusual para los asombrados vecinos del lugar, sino que también constituía una nueva experiencia para las representantes de los distintos clubes, quienes cruzarían sus armas por vez primera en un torneo exclusivamente femenino de dicha disciplina. La ansiedad se dibujaba en el rostro de cada una de ellas, disfrazada bajo sus sonrisas alegres, que detrás de su dicha dejaban entrever cierto nerviosismo frente a las peleas que en pocas horas habrían de comenzar.

El alboroto en los campamentos se vio magnificado cuando los distintos comités empezaron a hacer su recorrida, revisando todos aquellos detalles que pudieran evitar la participación de alguna de las potenciales competidoras. De esta manera, el alivio fue surcando las facciones de nuestras protagonistas, a medida que cada una de las piezas de su armamento eran aprobadas por aquel que con el porte de un conde se había investido en su autoridad de juez para la ocasión.

Cuando el reloj dio las once, el ajetreo de los escuderos fue en aumento, ya que era tiempo de vestir a sus peleadoras. Jóvenes prestos a servir a sus guerreras, corrían de un lado para otro, ultimando detalles a fin de que estuviesen listas para la batalla. La tensión en el ambiente crecía a cada segundo que pasaba y el peso de la armadura sobre los hombros de las luchadoras se volvía cada vez más evidente. Pero eso no era lo único que las aquejaba; también les preocupaba la rigurosidad de las normas bajo las cuales debía regirse dicha disciplina. Nuevas reglas, nuevas posibilidades; pero con ellas, mayores restricciones. La complejidad del nuevo sistema abarcaba también a sus escuderos y compañeros, cuya actuación no podría asemejarse al bullicio reinante en las peleas de bohurt, donde las manos sobraban y los gritos de aliento cargados de indicaciones se hacían escuchar en cada rincón. Esta vez, todo parecía indicar que las combatientes iban a estar prácticamente en soledad, acompañadas únicamente por sus dos más leales escuderos.

No obstante, bastaron unos pocos segundos de la primera pelea para demostrar que, aún respetando las limitaciones del reglamento, las peleadoras no estaban solas. Los gritos provenientes de los sectores de Valherjes y CECM opacaron al silencio, acompañados por los vítores de otros espectadores que se animaban a tomar partido por alguna de las luchadoras. De la misma manera, los festejos y el apoyo encontraron su lugar en los siguientes enfrentamientos, donde quedó demostrado que también Última Guardia, Pecarí e incluso la solitaria guerrera que había acudido desde las tierras sanjuaninas a representar a Guardia del Bastión, podían ganarse el corazón de los allí presentes.

Fotografía: Valherjes HMB.

Con el correr del tiempo, fueron sucediéndose los duelos. Las espadas chocaban sin cesar, los escudos intentaban -a veces inútilmente- bloquear los golpes e incluso se animaban a contraatacar. Las combatientes se movían al compás de la melodía entonada por los rugidos metálicos de sus armaduras, en una danza cargada de sentimientos en apariencia opuestos, como la autosuperación y el compañerismo, la agresividad y el respeto por la contrincante. Las chispas que se desprendían de los impactos, decoraban la magnanimidad de esos acordes.

Las rondas iniciales llegaron a su fin, y con ellas la ilusión de unas cuantas peleadoras, que vieron interrumpido su camino hacia la copa. Por su parte, los desafíos individuales habían esparcido victorias entre las distintas competidoras, aunque entre todas ellas se había erguido finalmente Martina Ochoa como la luchadora con más duelos ganados, quedando como única invicta en su categoría.

Más allá del sabor amargo de la derrota, aquellas que no habían clasificado para el triangular final tuvieron la oportunidad de saciar su aún insatisfecha necesidad de combatir, participando de un amistoso de bohurt. Tanto novatas como veteranas pusieron a prueba su acero, teniendo como únicos objetivos la mejora del propio desempeño y la diversión, desligándose de las preocupaciones implicadas al competir por un resultado. Lo que durante toda la jornada había estado provisto de cierta calma, con la aparición en escena del bohurt se había descontrolado repentinamente y transformado en un espléndido caos. Todos los escuderos corrían ahora alrededor de la liza, sosteniendo armas de repuesto y alentando a las participantes a dar lo mejor de sí.

La multitud enardecida aumentaba progresivamente la intensidad de sus ovaciones mientras transcurrían las peleas, acercándose con una emocionante cadencia a las tan ansiadas finales. El anuncio de los últimos combates de la tarde, trajo consigo el regreso del desasosiego y el expectante anhelo de cada uno de los presentes por ver triunfar a su favorita. Se acercaba el momento de definir a la ganadora, y en cada posible candidata residían complejos sentimientos que oscilaban entre el cansancio propio de quien ha cargado su armadura por horas, la frustración por cada intento fallido de aplicar las técnicas practicadas hasta el hartazgo, las fervientes ansias de quedarse con el título y, sobre todo, la necesidad de sentir que habían logrado superar el desafío.

Luego de dos peleas que otorgarían a Rocío Peñaloza el tercer puesto, se abrió paso entre las exaltadas multitudes la tan esperada final. Coronando el evento, Maru Moyano y Sofía Sueldo se enfrentaron en un combate que supo acentuar la emoción, tanto del público como de sus compañeros de armas. Era evidente para los afortunados espectadores de semejante contienda, el esfuerzo puesto en cada movimiento, el minucioso cálculo de cada impacto, la concentración puesta en la evasión o el bloqueo de cada ataque de la rival. Cuando se dio la voz de alto, la intriga creció en el ambiente y los corazones celosos elevaron un silencioso deseo por la victoria de su luchadora predilecta. La distancia que separaba a ambas del trofeo era escasa, pero rigurosa. Con una ajustada diferencia, Maru Moyano fue proclamada como el primer puesto de este primer Torneo de Profight Femenino de la Argentina. Los rugidos que prosiguieron al anuncio de la ganadora ensordecieron a toda la región y las vallas se estremecieron ante el peso de aquellos que se abalanzaban sobre las mismas para festejar el triunfo de su compañera.

Fotografía: Valherjes HMB.

La entrega de reconocimientos marcó el cierre de la jornada, restando solamente levantar los campamentos y empacar el equipo, para emprender el regreso a la rutinaria vida moderna. Con el sol oculto tras las casas, la realidad golpeaba a las puertas de cada uno de los presentes, anunciando la hora de regresar al calor de los hogares. Un dejo de melancolía se dejaba entrever en los rostros de aquellos que iban abandonando el Medioevo, llevándose consigo pequeños vestigios de la maravillosa tarde que habían tenido la suerte de vivir. Y aún cuando sus cuerpos se encontraban cansados y el crudo frío del invierno amenazaba con entumecerlos hasta helarse, nada podía apaciguar el fulgor que emanaba de sus corazones. Porque así como sucedía en cada evento medieval, el torneo de aquella tarde había grabado en cada uno de los asistentes una experiencia memorable, cuyo recuerdo despertaría un ardor que sólo tendrían la oportunidad de evocar nuevamente cuando el clamor del acero los volviera a convocar.

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