Todos tus compañeros han caído. La última esperanza de llevar al equipo hacia la victoria es tu voluntad para seguir peleando. El peso de esa gran responsabilidad recae ahora sobre tus hombros. Esos hombros a los que el cansancio y la frustración pretenden subyugar al amargo sabor de la derrota. Aún cuando la tarea no resulta sencilla, son las más profundas motivaciones que residen en el fondo del espíritu las que te conceden la determinación de seguir peleado, de derribar a ese oponente que apenas logra oponer una última resistencia, para consagrarte como el último hombre en pie.

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