RETRATO MEDIEVAL
Ignacio Soncini Montrasi
CLUB: Dragones Atlánticos
PAÍS: Argentina
 

Empecé este deporte como lo hicimos todos, por curiosidad. ¿Armaduras, espadas, cascos? La primera vez que fui a la Plaza Peralta Ramos en Mar del Plata pensé que me iba a encontrar con jugadores de rol, manualistas de cartón y tal vez algún que otro loco que supiera darle forma al metal. Y acá estoy, 2 años después, y ciertamente no me equivoqué, pero sí me quedé corto. No somos jugadores de rol, pero nos metemos en armaduras porque soñamos con una época en la que no nacimos; no somos manualistas de cartón, pero aprendemos a hacer moldes y a buscar las mejores formas de adaptar piezas a nuestros tamaños; y sí, somos locos que le dan forma al metal, algunos ciertamente mejor que otros. Lo que para mí empezó como un juego, terminó convirtiéndose en un motivo para volver a entrenarme, y lo que empezó siendo un grupo de inadaptados en una plaza, hoy en día convirtiéndose en un equipo.

Dos años de entrenamiento dieron como resultado que se me considerara para formar parte de la selección que representaría a nuestro país en el extranjero. Imagínense mi cara cuando finalmente me dijeron que iba a viajar. Todavía, en retrospectiva, me cuesta creer que pasó. Y de la nada llegó el día, después de haber recorrido República Checa, Estambul y parte de Alemania, me encontré a mí mismo poniéndome el casco para entrar a la liza con la vesta de Argentina.

Se te pasan mil cosas por la cabeza en pocos segundos. Describir cómo se siente representar a tu país, por mínimo que sea, es difícil; pero supongo que se resume en una pregunta: “¿Podré hacer esto?”. No hubo mucho tiempo para buscar la respuesta, porque así como el momento de ponerme el casco había llegado en cuestión de segundos, el momento de pisar la liza no tardó mucho más. Y como si nada, estábamos saliendo, con la primera victoria recién obtenida. Me acuerdo que levanté los brazos de emoción, porque no lo podía creer, ni dónde estaba ni lo que habíamos hecho.

Lamentablemente la emoción en mi caso tal vez fue mucha. Me encontré a mí mismo en el piso. Me propuse moverme o aunque sea arrodillarme para que no me pisaran mientras los que estaban parados seguían peleando. Me sentía fatal, porque me habían bajado de un golpe, de un solo golpe. No por dolor, era una cuestión de orgullo personal. Pero el orgullo empezó a valer poco cuando me di cuenta que no me podía mover. A partir de ahí, si me preguntan qué pasó tengo pocos recuerdos, no porque haya perdido la conciencia o me haya desvanecido, sino porque realmente no entendía lo que acababa de pasar.

No entendía que me costara mover las piernas y los brazos, y no entendía cómo tanta gente alrededor mío. De repente, me estaban cortando la vesta y el gambesón para subirme a una camilla. Es hasta hoy en día cuando hablo con alguien de la comunidad bohurtera que me dice: “Como me dolió cuando te cortaban el gambesón”. Pero no era el hecho de que me estuvieran cortando las cosas lo que dolía, las cosas se rearman y se cosen, lo que para mí era traumático era que me estaba yendo del lugar donde sabía que tenía que estar (obviamente, ahora más de 2 meses después, extraño profundamente mi gambesón). A partir de ese momento, desde que me subieron a la ambulancia, me acuerdo que me invadió una angustia muy grande. Para mí el mundial se había terminado, tan rápido como llegó. Los médicos me hablaban en un inglés checo muy poco práctico para un argentino, así que en cierta medida les decía que no los entendía porque no los quería escuchar. Dudo que los detalles del proceso de hospitalización en Republica Checa le interesen a alguien, así que en resumidas palabras, ahí estaba, en terapia intensiva con un cuello ortopédico en el ala extranjera de un hospital donde ni el personal del área hablaba inglés. Estuve acompañado por Martina Ochoa desde que me golpeé, quien me ayudó con todo el tema burocrático del que por suerte no supe nada. Ya acostado en mi habitación le dije que se fuera tranquila, sabiendo que tenía que estar toda la noche ahí y que no valía la pena que se quedara si me iban a dar analgésicos que me fueran a volar la cabeza. Y ciertamente fue así. No tuve mucho más tiempo de pensar en nada porque de los dos días internado, me acordaré con suerte 4 horas en total, que fueron los momentos donde algunos de los chicos de la selección se acercaron para ver cómo estaba y contarme cómo se habían desarrollado las peleas. Tengo que admitir que sentí un gran alivio al saber que la pelea donde yo me había lastimado había terminado al final a nuestro favor. Si encima de todo la perdíamos, no hubiera ayudado mucho a los ánimos.

Pasados dos días internado, con las piernas y brazos totalmente funcionando y una vértebra torácica rota, emprendí la salida del hospital acompañado de Andy, Juan y Fede. Respirar el aire de afuera del hospital resultó bastante refrescante después de dos días encerrado. Y así, dos días después, habiendo hecho los preparativos viajamos de vuelta a Argentina. Estoy obviando millones de detalles, pero tampoco quisiera extenderme más de lo que ya lo hice, y además no sumarían nada extremadamente importante a la anécdota.

Si me preguntan hoy en día que conclusión saco de todo esto, contestaría lo mismo que contestaba cuando jugaba rugby. Es un deporte, y en los deportes existe la mala suerte. Lo que me pasó no fue fácil, ni anímicamente ni físicamente. Sigo sin saber en cuanto tiempo podré volver a pelear si es que vuelvo a pelear. Pero si hay algo en lo que no se tiene que caer bajo situaciones como esta, es en quedarse estancado en lo que pasó, ni en pensar demasiado por qué pasó.

Sacándole el lado bueno, desde que volvimos a Mar del Plata, crecimos mucho con ayuda del mundial. Hoy en día somos más de 15 personas entrenando en Dragones, determinadas a seguir creciendo (¡¡Hasta tenemos remeras!!), es decir, que al menos no entrenar me permitió aportar de otra manera. No la que más quisiera, pero necesaria en fin.

No queda más que esperar y darle tiempo al tiempo, pero si algo es seguro es que llegué al mundo medieval para quedarme, ¡ya sea participando como peleador o como espectador!

 


Fotografía: Pablo Kalhat.

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